
Pero como suele ocurrir en estos casos, algo se ha torcido el último día. Cuando me presento en la tienda dispuesto a recoger la indumentaria, me dan la mala noticia: no se puede arreglar. El gris se apodera por completo de mí durante unos segundos, aunque no demasiado. Dos llamadas fueron suficientes para devolverme al rosa. Pero el ánimo recuperado no implica ninguna solución práctica. Como siempre, me toca perder el culo para no llegar tarde. Parece que es mi sino. Es algo contra lo que no puedo competir. Desde que me conozco he ido a contrarreloj y la edad no va a cambiarlo, ahora lo veo. Lo que no deja de crecer es mi ingenuidad.