Hace tiempo que estoy demasiado complaciente. El rosa ha engullido todo lo demás durante un tiempo pero la realidad siempre acaba por imponerse. Me quedan muchas cosas por resolver y tengo la sensación de no llegar a ninguna. Los desajustes me han llegado de repente, cuando ya no los esperaba. No son cuestiones de excesiva importancia aunque sí necesarias para mi vida cotidiana. Poner una lavadora, hablar con el director del banco, recomprar mi casa, descartarla o retomar mis contactos familiares son asuntos de los que me he desentendido demasiado tiempo y ahora no paran de acosarme. No he llegado al extremo de que me asfixien y me devuelvan al gris pero siento la necesidad de atajarlos antes de que se me escapen de las manos. Más aún, creo que son estas cosas las que deben de marcar mi agenda, las que tengo que priorizar sobre cualquier otra. Al fin y al cabo son las mías.
El desorden no es siempre sinónimo de problemas. A veces simplemente sirve como sistema de alarma para enfocar lo verdaderamente importante. Creo que esta vez lo he entendido y voy a tratar de poner soluciones. Eso sí, sigo sin renunciar al rosa.
Un cambio de opinión de Margallo
Hace 9 años